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La Mujer en la Sociedad

A partir de 1492, reinando los Reyes Católicos comienza la Edad Moderna en España. En esas fechas ya existía un señorío o donadío que llevaba el nombre de Lantejuela, según Cédula Real refrendada en Vitoria por el rey Enrique IV, pero no existía como puebla o aldea.

En 1749-51 se lleva a cabo el catastro denominado “Respuesta Generales”, ordenado por el Marqués de la Ensenada y en 1760 el Censo ordenado por el Conde de Floridablanca. Estos dos censos, más amplios y explícitos que los ordenados por los Reyes Católicos, en sus respectivos reinos de Castilla y Aragón, donde la población se tomaba por “lumbres o hogares” y por “pucheros”, los que se multiplicaban por una media de cinco personas. Considerando la población del reino de Castilla cercano a los 5 millones de habitantes y el reino de Aragón con unos 800.000 habitantes. En los dos primeros citados aparecen el nombre y apellido, pero sólo del vecino cabeza de casa. El resto de la familia es sólo mencionada por el sexo y la edad. No constaban sus nombres. Y si el vecino cabeza de casa estaba casado, constaba dicho estado, pero no el nombre y el apellido de su esposa, sí su estado civil era el de viuda, constaba con su nombre, apellido y personas a su cargo. Hasta el año de 1880 que se crearon los Registros Civiles no aparecen los inscritos con sus nombres propios y los apellidos. La mujer estaba discriminada, no constaba casi para nada, excepto para trabajar, carecía de muchos derechos, no teniéndosele en cuenta, siempre sometida a los derechos o criterios del hombre, la sociedad le tenía reservado ese lugar secundario.

En la España rural, la situación de la mujer era aún peor que en las ciudades, peores condiciones de vida, más trabajo y más servilismo hacia el hombre, durante cerca de 400 años la mujer en Lantejuela disfrutaba de pocos derechos, los menos que le conferían las leyes, más los que se arrogaban los hombres.

Uno de los derechos que le estaban casi vedados, era el de la enseñanza, la mayoría no sabía leer ni escribir, y aunque en los años 40 del siglo XIX existía una escuela pública para niñas, el alumnado era menor que el de la escuela para los niños. ¿Por qué ocurría esto? Lo era debido a que las mujeres estaban llamadas a ser amas de casa, a llevar un hogar, cocinar, saber coser, cuidar de su esposo e hijos, y para ello no precisaba saber leer ni escribir. Eso estaba reservado al hombre, que tenía que ir al servicio militar, y ganar el sustento de su futura familia, un error, ya que la mujer igualmente trabajaba en faenas agrícolas: escardar, segar, recolección de las aceitunas y otros menesteres agrícolas, es decir, trabajaba como el hombre, y a la vez, hacía las labores y faenas de su casa, y educar a sus hijos, doble sacrificio que el varón.

Pero la sociedad estaba embrionada de tal forma, que muchos hombres no querían ver el papel de la mujer en la sociedad, en paridad con el hombre.

Aunque la escolaridad existía para ambos sexos, siempre los niños eran más privilegiados por sus propios padres, así fueron ellos educados, y seguían con la tradición, por supuesto errónea, a los hijos, tantos varones como mujeres, los querían por igual, pero el arraigo familiar era así, costando mucho cambiar tal mentalidad.

Durante un siglo (1840-1940) Lantejuela tuvo dos escuelas, una de niños y otra de niñas, cada una con un profesor o profesora, llamados maestros o maestras, por tanto, clases separadas: “los niños con los niños, las niñas con las niñas”, así como los juegos infantiles. La escuela de niños, con una dotación presupuestaria superior a la de las niñas, esto tendría que obedecer a que en el aula de los niños había más alumnado, y en el de las niñas menos, lo que así sería, ya que las niñas, un cierto número, no asistiría a la educación básica, y otras, con unos dos años de escolarización, eran retiradas por sus padres, para ayudar en la casa. En cuanto a los niños, habría más alumnos, eso sí, en teniendo nueve o diez años eran retirados de clase para dedicarse al trabajo de “porquerillos”, “zagalillos” o “marmitón” (conocidos también como “chiquichancas”) u otros menesteres similares, pero ya éstos sabían algo más que, a lo mejor su propia hermana, leer torpemente y escribir aunque fuese con muchas faltas de ortografía, y algunas cuentas de aritmética.

La mentalidad va evolucionando y las leyes van favoreciendo el reconocimiento del papel en la sociedad, y cada vez va avanzando más en reconocerles los derechos que siempre han debido de tener, en igualdad con el hombre.

Tres grandes mujeres, Clara de Campoamor, Margarita Ken y Margarita Nelken son las artífices de que a la mujer española se le reconozcan sus derechos, en una sociedad hecha a la medida del hombre. Estas llamadas feministas, luchan por estos derechos, y lo consiguen.

Cada vez se va legislando a favor de los derechos de la mujer y la II República española aprueba una ley en la que se les reconoce el derecho de sufragio, ya pueden votar y participar en las decisiones políticas, poco a poco van avanzando en conseguir más conquistas y en mayores reconocimientos, aunque todavía limitados en algunos aspectos, por lo que no estaban plenamente en igualdad de derechos con el hombre.

La mujer no era libre de comprar o vender algo de su propiedad sin la autorización de su marido, la ocupación de cargos públicos les eran limitados, o cubrir puestos en organismos oficiales, siempre tenían preferencias los varones a las mujeres. Algunas mujeres, de clase más pudiente, comienzan a estudiar en la universidad, y poco a poco, va desapareciendo este tabú que las atenazaba, descubriendo que ellas valían y eran tan útiles como los hombres a la sociedad. Ni tan siquiera podían poseer una cuenta corriente a su nombre en una entidad bancaria, sin la autorización de su cónyuge.

Para un ejemplo, la mujer en Lantejuela no podía ir sola al cine, tenía que acompañarla su marido si estaba casada, y si era soltera tenía que ir acompañada de una hermana o dos amigas, y si tenía novio formal, acompañábala éste, y por la llamada “carabina”, una amiga o familiar, hermana o prima.

No podía entrar en las tabernas, ni sola ni acompañada por otra amiga. En los llamados paseos tenía que hacerlo con dos amigas y las tres cogidas del brazo, tanto en días festivos como por feria, que era cuando salían.

Por aquellos lejanos tiempos, los lantejolenses celebraban fiestas en los corrales de las viviendas y se bailaba, el baile de las “sevillanas corraleras”, el que, normalmente, bailaban las mozas del lugar, los mozos eran poco dados a bailar, más bien mirar a las mozas y cantar las coplas, mientras otros tocaban la guitarra o hacían las palmas.

Hacia principios de los años 40 del pasado siglo, llegó a la localidad la moda del baile “agarrado” es decir balsar. Este baile se ejecuta por parejas, hombre y mujer, pero en Lantejuela como en otros lugares del medio rural, se llevaba a cabo solo entre dos mujeres, es decir, la pareja la formaban dos mozas, era raro ver bailar juntos a una pareja de novios o ya casado, este baile no era bien visto por parte de la sociedad, era muy liberal para aquellos tiempos, llegando a estar prohibido en la Archidiócesis Hispalense, por parte de su prelado el Cardenal Segura.

Si tenía novio formal, mientras su novio estuviese cumpliendo el servicio militar, le estaba vedado pasear, ni siquiera acompañada por amigas o un familiar femenino. Mientras, puede que su novio en el destino donde se encontrase tuviese un engreimiento amoroso, él era libre, su novia tenía que guardar el sitio que le correspondía a su novio, él era un hombre, ella “solo” una mujer, la que ni siquiera podía salir a los paseos.

Los llamados paseos, se daban por la tarde, por las carreteras (antiguos caminos) colindantes por el pueblo y por la noche por las calles más céntricas de la localidad, según épocas, se llevaban por las calles: Marchena, Camino de Fuentes, Carrera y Écija (actuales; Juan Cadenas García, Virgen del Rosario, Juan Carlos I y Teresa Navarro, respectivamente).

Los paseos eran gratificantes para el cuerpo, la salud los agradecía, la plática y la alegría que rebosaban por los poros de la juventud, de hombres y mujeres, niños y niñas, alentaban el vigor espiritual, los corazones gozaban plenamente y no costaba nada, solo mover las piernas, andando y a la vez ser felices, que no es poco, sin bebida ni cosas raras.

Si una pareja de novios dejaba de serlos, puede que el rompiese la relación fuese el novio, es decir la dejase, entonces a esta moza le era difícil encontrar otro novio, en cambio, al mozo no le era nada difícil encontrar otra novia.

Si una joven se enamoraba de un joven, entablaban relaciones formales, de ser ella de condición humilde y el de un estado social superior la de ella, de romperse en noviazgo, esta moza era censurada o criticada por la sociedad y más por los mozos del pueblo, por haberse arreglado con una persona de condición social superior a la suya, por tanto era difícil que otro hombre la quisiese por novia, su pecado, el haberse enamorado de un hombre de condición social a la suya, como si el amor entendiese de clases social, cuanta hipocresía por parte de la sociedad. A parte de ello, a muchas mujeres, solían decir, que si un mozo se arreglaba con una mujer que hubiese tenido con anterioridad novio: “con lo apañado que es y venir a echarse por novia a una dejá”.

De la joven que rompiese el noviazgo, por ser ella de condición social inferior a la de su novio, solían decir de ella: “la caballería se pasa y la infantería no llega”.

La sociedad en general, en estos aspectos, hasta la década de los años 60 del pasado siglo, obraba de forma muy diferente hacia las mujeres, para la mujer casi todo estaba mal visto, al hombre casi todo le era tolerado.

La mujer tenía que ser fiel a su marido, intachable en su conducta, cuidar a sus hijos, hijas y marido, llevar su casa y a la vez trabajar. Su marido podía regresar a la hora que le viniese bien al domicilio conyugal y como lo apeteciese, pudiendo serle infiel a su esposa. Las madres de estas sufridas mujeres, la decían: “hija, a aguantar”. Es lo que habían oído decir de sus madres y aquellas de las suyas, era algo como de tradición, de generación en generación. La mujer sumisa, esa era su condición en la sociedad, montada a capricho de la mayoría de los hombres.

En tiempos pasados, la mujer casada, si acompañaba a su marido, no podía hacerlo a la misma altura, es decir los dos juntos. Normalmente, esta tenía que seguirle a una distancia de unos dos metros detrás, eso denotaba una condición servil y si tenían hijos, estos iban a cargo de su madre, para la mayoría de los hombres eran cosa de la madre y si algún hombre casado le daba el mismo sitio o lugar a su esposa, en igualdad de condiciones, entonces era criticado: “parecen todos juntos un manojo de boquerones fritos”.

Durante la pasada dictadura existía la separación legal por el Código Civil, pero era un instrumento burocrático poco utilizado por la mujer del medio rural, e igualmente, se daba el amancebamiento, conocido como “juntarse”, lo uno y lo otro muy mal visto por la sociedad.

Existían muchas cosas, en los que la mujer convivía en el domicilio conyugal, bajo el mismo techo con su esposo, pero era una convivencia de apariencias ante los ojos de los demás, por el que dirán, aparte de que el abandono del domicilio conyugal estaba penalizado.

En tiempos lejanos en Lantejuela, se dio un caso curioso, conocido popularmente como “las cambia” (las cambiadas). Este era de dos mujeres que, parece ser, de común acuerdo ellas y sus compañeros sentimentales o maridos, cambiaron de hombre y mujer respectivamente, es decir, que como en los bailes, unos y otros cambiaron de pareja.

Hoy en día, en pleno siglo XXI, la mujer todavía no está en plena igualdad con el hombre, los avances sociales han sido muchos, pero todavía que mucho por hacer a favor de la mujer, hay que seguir educando a parte de la sociedad y desterrar para siempre, la palabra machismo, aunque hay que reconocer, que el pensar así es el de una minoría de la sociedad e igual legislar más en favor de la mujer y sus derechos, como por ejemplo, en los salarios, en tendencia a los salarios que percibe el hombre, en igualdad en los emolumentos de unos y otras.

El respeto mutuo en la convivencia entre un hombre y una mujer es algo esencial para el bien de una pareja.

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